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Península Mitre, el fin de la Cordillera (por Ana Gandino)



Alcanzar el fin del mundo es una idea seductora, y en esa búsqueda muchos han llegado a la Tierra del Fuego. Sin embargo, la última nota de la sinfonía del continente Americano se encuentra olvidada en el extremo más inaccesible de esta legendaria isla. Cuando llegué a Tierra del Fuego, conocí a Nahuel, un compañero de aventuras que me contó de un lugar en los confines de la isla dónde se podía contemplar el final de la cordillera de los Andes desapareciendo en el mar. Era la punta más austral del continente americano, un lugar salvaje e inhóspito, de clima hostil y del cual solo se conocían unos pocos relatos. En este ambiente único, mi experiencia de cómo transitar por la montaña no sirve de mucho, salvo por la resistencia para cargar una mochila pesada durante días. Ese lugar mágico es Península Mitre, un rincón oculto de los depredadores económicos, bastante bien conservado gracias a su lejanía, pero sin embargo muy frágil y vulnerable, quedando a merced de la conciencia de quienes lo transitan.



Una de las más hermosas vistas de Península Mitre: Bahía Valentín y sus playas doradas.

Foto tomada desde los Montes Negros. (Foto: Nahuel Stauch)


Hace casi 30 años, diversas organizaciones comenzaron un trabajo minucioso para lograr conseguir una ley que proteja esta singular Península y la declare Área Protegida. Los intereses de los sucesivos gobiernos no supieron comprender la importancia y el gran valor que tiene para toda la humanidad. Uno de los últimos estudios destaca la importancia de su suelo como un gran mitigador del cambio climático, conformado por turba en su gran mayoría, la que es capaz de almacenar en su interior formidables cantidades de carbono, funcionando como un sumidero de este gas que estamos produciendo descontroladamente. A esto, se suma la enorme diversidad de especies que la habitan tanto en tierra como en sus costas. Un ejemplo emblemático es el Huillín (Lontra provocax), nutria endémica de la zona y en peligro de extinción, tal vez más amenazada aún debido al desconocimiento de la población sobre su existencia!



Huillin (lontra Provocax), es muy raro poder observarlos, habitan sectores muy restringidos de la costa Sur de Península Mitre. Foto fue "donada" por Sergio Anselmino para ser utilizada con fines de divulgación científica y conservación. (foto: Sergio Anselmino)


Las aguas que rodean la península forman parte de las rutas migratorias de pingüinos y muchas otras especies de aves, además de ballenas y otros mamíferos marinos rumbo hacia Antártida. Esta Península está aún repleta de secretos, y sus paisajes esconden testimonios de pueblos originarios que datan de 6.000 años atrás.


El Pinguino Rey suelen encontrarse solitario en las costas de la Península. (Foto: Nahuel Stauch). Al centro los restos de varamientos ocasionales de mamíferos marinos en la Costa Norte. (Foto: Ana Gandino). Y a la derecha, los Montes Negros, en las últimas estibaciones de la Cordillera de los Andes, con cóndores y Guanacos, los grandes regalos de esta hermosa cordillera. (Foto: Nahuel Stauch).


No necesitaba más razones para ir a explorar estas 300.000 hectáreas. 15 días fueron suficientes para dejarme hechizada, y desde esa primera vez, he vuelto en diciembre de cada año a la Península en busca de nuevos pasajes para conectar una costa con la otra, transitando el corazón de la turba, parándonos en la punta del cerro Campana (el más alto del extremo este) desde donde se ve el estrecho de Le Maire, la Isla de los Estados, y numerosos cóndores volando sobre el mar.



Cerro Campana el más alto de la zona con sus casi 700 m. Desde su cumbre se logra un 360° sobre todo Peninsula Mitre, incluida Isla de los Estados. (Foto: Nahuel Stauch).


Adentrarse en lo desconocido, para saber qué hay, poder verlo y experimentarlo, es una forma de proteger nuestro patrimonio, “que no te la cuenten” diría Don Oyarzun, un ícono de la Península. Descubrir este lugar hizo que me diera cuenta, una vez más, de los grandes tesoros que tenemos en Argentina y que no valoramos. Creo que esto se debe a la suma entre el desconocimiento, la desinformación de los medios de comunicación y la mirada habitual e instituida hacia afuera, hacia otros lugares que se toman como ideales. Si no sabemos lo que tenemos, es imposible poder cuidarlo, protegerlo. Si nosotros no cuidamos nuestra tierra nadie lo hará por nosotros, quedará acéfala, a merced de los predadores que buscan nuevos lugares para extraer lo que puedan.


Estancia Puerto Rancho, más conocido como Casa Vieja, restos de lo que fue un intento de poblamiento. Es el primer puesto/refugio que encuentras luego de 15km de caminata. Ubicado sobre la costa del Canal Beagle. (Foto: Nahuel Stauch)

Por eso llegamos a la conclusión que la mejor manera de proteger La Península era con la acción. Decidimos acercar a las personas, acompañarlas a que conozcan, hacer accesible este territorio y derrumbar fantasmas como ”solo es apta para unos pocos”. Con este propósito, creamos una serie de talleres donde los participantes adquieren herramientas de seguridad, planificación y de técnicas de “no deje rastro” para poder explorar la península y cualquier lugar que se propongan. También algunas escuelas fueron parte de estos talleres, donde adaptamos el programa para adolescentes. Durante el transcurso del taller, los participantes descubren el lugar, sus particularidades, vivencian ese paraíso y se encuentran tanto con la belleza como con los impactos resultantes de la falta de protección. Haciendo de este lugar tu hogar durante algunos días se aprende a valorarlo y cuidarlo, transformándonos en agentes multiplicadores, que comprenden la importancia de proteger estos lugares, comprometerse con la causa y descubrir que todos podemos aportar un granito de arena para terminar formando una gran playa, repleta de voluntades, participando activamente en proteger. No solo por nosotros, sino que también por las generaciones venideras.


Clásico escenario mitrero. Ingresando a la costa Norte. (Foto Nahuel Stauch)


Ahora es momento de actuar, explorando dentro de uno mismo, buscando cual es el granito de arena que podemos aportar para contribuir a la causa de cuidar nuestro lugar. Es el momento de salir de nuestra zona conocida para ver más allá y entender el valor real de la tierra. Hacinados en las ciudades perdemos de vista las vastas extensiones de paraíso que nos rodean. Está claro que este modelo de vida que nos propone la sociedad de consumo ya quedó obsoleto, es un modelo a corto plazo y reproductor, que nos induce a seguir sus lineamientos. Pero también está claro que VOS / nosotros podemos modificar el curso de las cosas, no hace falta ser famoso ni un pro, solo falta bucear en nuestro interior, descubrir nuestras fortalezas, poner un objetivo claro, pequeño para arrancar y despegar. Más voluntades irán apareciendo y sumándose en el camino. Todos somos responsables del lugar donde vivimos, tenemos el poder de crear un espacio mejor, solo hace falta determinación y mucho amor.

Solo aquel que disfrutó estar tirado panza arriba mirando estrellas, pájaros, formas en las nubes, sabe la importancia que tiene la existencia de esos bosques, ríos, montañas, turbales, cielos, costas y todas las formas de vidas que en ellas habitan.

Un intento de poder captar la belleza de la Península. Costa Norte. (Foto Nahuel Stauch)


Acerca de la autora

No es fácil poner en palabras las motivaciones que lo llevan a uno a actuar por un objetivo social. Este tipo de acciones son parte de una búsqueda interna donde el cuestionamiento es una constante. Sin embargo este proceso es necesario para poner bajo la lupa las propias creencias, ejercicio necesario para reconstruirnos. Buscar palabras que puedan transmitir pasiones no es cosa sencilla, muchas veces siento que todas quedan chicas. Citando a Humboldt: "lo que se dirige al alma se escapa de nuestras mediciones". Por eso mi máxima como “facilitadora” (no me representa la palabra docente o educadora) es la búsqueda constante de creación de espacios dónde las personas puedan experimentar, experimentarse, vivenciar y vivenciarse. Esto crea una impronta que queda guardada en el cuerpo, y que genera una nueva mirada de la cual es casi imposible escaparse. Si bien podemos evadirla al regresar a la civilización, a la cotidianeidad, al final el cuerpo no miente y tarde o temprano esa verdad experimentada comienza a pautar nuestras decisiones.

La montaña como forma de vida me aparece a los 26 años. Mendoza con la inmensidad de Los Andes y la colosal Aconcagua. Tuve que conocerme en la altura, lentamente apareció el esquí, y un día me di cuenta que en mi vida la pasión y el trabajo se unían en un deleite de sensaciones intensas: frustración, superación, ratitas en la cabeza, encontrarme con mis fantasmas y abrazarlos, no había ya nada que pudiera esconderse. Cada montaña es una representación en miniatura de la vida misma: la emoción de encarar algo, darlo todo, cansancio, frustración, seguir, y finalmente alcanzar al objetivo, o no. Aprender a retirarse cuando es debido, aprehender que toda experiencia en sí misma puede generar una felicidad absoluta y finalmente la sensación más gratificante de todas: ese cansancio extremo de haber intentado, ese cansancio que da paz y motiva a ir por más, sabiendo que volvemos con un nuevo aprendizaje en la mochila.

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